Disolución de conciencias.

Disolución de conciencias.

La experiencia estética.

Lic. Mario Sánchez M



La producción pictórica estará inmersa dentro de una sociedad proclive a la esquematización de conceptos y a la constante búsqueda de referencias que permitan afianzar un conocimiento sobre las cosas, sobre si mismas, y sobre su entorno. Siendo la conciencia, un estado cognitivo que permite la interacción, interpretación y asociación de los estímulos externos que se entienden como “realidad”.

Esta relación de estímulos es percibida por el hombre a través de los sentidos, siempre referente a lo que el humano conoce y en su caso a lo que le remite.


Es entonces que la generación de imágenes que cuestionan la realidad, atendiendo a elementos más de carácter inconsciente, generan un espacio involuntario dificultando su control y comprensión en el mismo orden que los procesos de carácter real o de referencia con la realidad.


Consideramos dos tipos de conciencia, la sensitiva y la abstracta. La conciencia permite desarrollar las funciones de la psiquis[1], la búsqueda, la prueba, y la imagen ideal de la acción. Esto hacia la concepción de una nueva estética donde se pueda analizar de manera muy particular el orden social que va dirigido hacia la atención de los valores de consumo y de placer, en presencia de un hedonismo y a través de la adquisición de objetos de carácter efímero, que responden a una necesidad y un impulso dictado por las pautas sociales en la actualidad.


Ante esta presencia de los objetos como respuesta a los actos impulsivos de placer, es más complejo entender un estado alterado de consciencia que sea detonado por un carácter sensorial, siendo sin duda una de las capacidades poco exploradas de la conciencia, que a su vez se va alimentando en el desarrollo del ser humano tanto en lo consciente como en lo inconsciente. Identificando al menos 4 desarrollos específicos:

La consciencia individual, la consciencia social, la consciencia temporal, y la consciencia emocional, esta ultima percibiendo de igual forma el concepto de bueno y malo, y además considerando las respuestas emocionales y a la acción del entorno, la del sujeto y la afectación del estado emocional de la comunidad.


La apuesta será dirigida entonces, hacia la disolución de este orden de conciencia, donde la realidad y la referencia hacia ella no están manifestadas de manera específica, sino buscando trastocar este orden mediante la generación de un discurso pictórico cargado de elementos dirigidos al plano de lo emocional y/o sensitivo, que inviten al espectador a dar lectura a una imagen intermitente, atendiendo al significado no verbal del cuadro, que requiere de modificar un orden especifico de conciencia y remitirse a las experiencias, vivencias, emociones, y a lo intuitivo a través del embeleso de los sentidos. Apartando el juicio moral de lo bueno y malo, como posterior a la interiorización y apropiación de la imagen en lo individual, hacia la generación de un acto de experiencia que se sitúe tanto en el plano del consiente, como del inconsciente.


Por ejemplo, para Panofsky la Historia del Arte es una ciencia en la que se definen tres momentos inseparables del acto interpretativo de las obras en su globalidad: la lectura del sentido fenoménico de la imagen es decir la iconología; luego la interpretación de su significado iconográfico; y la penetración de su contenido esencial como expresión de valores.


Expresamos y recibimos mensajes visuales a tres niveles: el representativo, el abstracto y el simbólico. La resolución de problemas está ligada al modo visual.


La representación, anuncia que debe existir una identidad entre el objeto y el símbolo. La abstracción hacia el simbolismo, requiere de una simplicidad, de la reducción del detalle visual al mínimo, hacia el significado de lo que se expresa con uno o varios símbolos. Considerando el símbolo, como medio de comunicación visual y significado universal de una información.


Lic. Mario Sánchez M


[1] La psique, del griego ψυχή, psyché, «alma», es un concepto procedente de la cosmovisión de la antigua Grecia, que designaba la fuerza vital de un individuo, unida a su cuerpo en vida y desligada de éste tras su muerte. El término se mantiene en varias escuelas de psicología, perdiendo en general su valor metafísico: se convierte así en la designación de todos los procesos y fenómenos que hacen la mente humana como una unidad. A. S. Henderson. “Demencia”. Meditor. Madrid 1996.

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